galiciago

Sugerencias

La costa gallega, un paraíso de acantilados, playas y faros

Rías Baixas, Costa da Morte, Rías Altas y A Mariña comparadas con las mismas variables: origen de las rías, exposición, tipo de costa, actividad marítima y turismo.

Islas Cies - La costa gallega

En la ría de Arousa hay más de dos mil trescientas bateas fondeadas. A unos ciento veinte kilómetros al norte, frente a Camariñas, no hay ninguna, y tampoco las hay en la costa de Foz o de Barreiros. No se trata de una diferencia de tradición ni de iniciativa empresarial: el cultivo de mejillón en plataformas flotantes está autorizado en seis rías gallegas y en ninguna otra parte del litoral. La pregunta que organiza este artículo parte de ahí y se amplía: si el mismo territorio, con la misma cultura marítima y la misma administración, produce en un tramo un mar ocupado por viveros y aldeas de veraneo y en otro un acantilado sin más presencia humana que un faro, ¿qué explica la diferencia?

La respuesta habitual —«el norte es más bravo»— describe el resultado, no la causa. Para ir más allá conviene comparar tramos concretos con las mismas variables.

Las variables

Examinaré cinco en cada tramo y en el mismo orden. La primera es la forma y el origen de la costa: si hay rías, de qué tipo y qué explican de ellas los geólogos. La segunda, la orientación y la exposición al oleaje, que determina qué energía llega a la orilla. La tercera, el tipo de costa dominante: arenal, acantilado o marisma. La cuarta, la actividad humana ligada al mar: puertos, marisqueo y bateas. La quinta, la presión turística, medida con el mismo indicador para todos: el que publica el Instituto Galego de Estatística para 2024, que reparte las noches en alojamientos turísticos entre los destinos costeros y las relaciona con la población residente.

Dos advertencias sobre la comparación. Los destinos estadísticos del IGE no coinciden exactamente con los tramos que aquí se comparan: «A Coruña e As Mariñas» incluye concellos que no son costeros, y «Costa da Morte» responde a una delimitación turística, no geográfica. Y para la segunda variable no dispongo de una serie de oleaje medida con el mismo criterio en los cuatro tramos, de modo que la exposición se describe por orientación y morfología, sin cifras. Donde falte el dato, lo diré, en lugar de sustituirlo por otro que sí exista.

Rías Baixas

Las rías de Vigo, Pontevedra, Arousa y Muros-Noia son amplias, transversales a la costa y se adentran decenas de kilómetros. Sobre su origen hay un acuerdo básico y un desacuerdo real. Desde que von Richthofen introdujo el término en la literatura científica en 1886, la idea dominante es que se trata de valles fluviales invadidos por el mar.

Pagés Valcarlos concluyó en 2000 que responden a valles labrados a lo largo del Cenozoico y adaptados a los sistemas de fracturas, con ocupación marina cuaternaria, descartando el protagonismo de hundimientos de bloques locales. Pérez-Alberti sostuvo en 2021 que son formas poligénicas cuyo diseño general viene marcado por la estructura tectónica, en las que la dinámica fluvial abrió los valles pero la acción marina es la responsable de su aspecto actual; señala además la escasez de depósitos fluviales en su interior. Lo que se discute, por tanto, no es si el mar las inundó, sino cuánto pesaron la fractura, el río y el propio mar, y qué edad tienen.

La orientación importa tanto como el origen: abiertas al suroeste y protegidas por las islas del Parque Nacional das Illas Atlánticas, reciben oleaje atenuado en su interior. Ese abrigo produce el tercer rasgo —arenales de aguas tranquilas, marismas y llanuras intermareales— y explica el cuarto. De las cerca de 3.400 bateas gallegas censadas por el consejo regulador de la DOP Mexillón de Galicia, repartidas en 44 polígonos, más de dos tercios están en Arousa. Los bancos marisqueros y los parques de cultivo ocupan el intermareal, y los puertos comerciales del Estado en Vigo, Marín-Pontevedra y Vilagarcía comparten agua con decenas de dársenas pesqueras autonómicas.

La presión turística sigue el mismo mapa. Según el IGE, los concellos de la ría de Arousa concentraron en 2024 el 31,5 % de las noches registradas en toda la costa gallega, con 3,52 visitantes por cada cien residentes y 4.128 noches por kilómetro cuadrado. Sumando la ría de Vigo y el Baixo Miño (21,5 %) y la ría y tierras de Pontevedra (7,7 %), el tramo reúne alrededor de tres de cada cinco noches del litoral.

Costa da Morte

Aquí no hay rías de esa escala: entre la ría de Corme e Laxe y la de Corcubión, la costa avanza en cabos, ensenadas abiertas y tramos rectilíneos. Su delimitación no es unívoca. La definición tradicional la sitúa entre Malpica de Bergantiños y o cabo Fisterra; el geodestino turístico que manejan la Xunta y la Deputación da Coruña reúne 17 concellos, de Caión a Carnota; otras versiones la prolongan hasta Muros. Conviene decirlo antes de comparar nada, porque cada delimitación cambia lo que se está midiendo.

La orientación es la variable decisiva: el litoral mira al oeste y al noroeste, sin islas de tamaño suficiente para interponerse, y recibe el oleaje del Atlántico abierto. El tipo de costa resultante es el contrario del anterior: acantilados, playas expuestas, campos dunares y sistemas de bolos, con arenales que en invierno cambian de perfil.

La actividad humana se reorganiza en consecuencia. No hay bateas, porque no hay aguas abrigadas que las admitan; el marisqueo se apoya en el percebe de las rocas expuestas y en la flota de bajura de puertos como Malpica, Camariñas, Muxía o Fisterra, todos ellos de titularidad autonómica. Los faros —levantados, en su mayoría, entre finales del XIX y comienzos del XX— son infraestructura de seguridad de una ruta marítima intensa, no elementos decorativos.

En turismo, el contraste con el tramo anterior es más matizado de lo que suele decirse: la Costa da Morte reunió en 2024 el 6,3 % de las noches costeras gallegas, con 1,31 visitantes por cada cien residentes —ligeramente por encima de la media del litoral, que fue de 1,30— pero solo 373 noches por kilómetro cuadrado, once veces menos que Arousa. Es decir, no es un tramo sin turismo: es un tramo con turismo disperso.

Rías Altas del golfo Ártabro y Ferrol

Las rías de Ferrol, Ares-Betanzos y A Coruña forman un conjunto de entradas más cortas y estrechas que las meridionales, orientadas al noroeste y protegidas por cabos. La ría de Ferrol añade un rasgo que ninguna otra gallega comparte en ese grado: un canal de entrada largo y angosto que la convierte en un fondeadero defendible, razón de su historia militar y de la Armada.

La exposición es intermedia: mar abierto en la bocana, agua tranquila en el interior. El tipo de costa combina acantilados en el exterior, arenales urbanos y, sobre todo, marismas y ensenadas fangosas en el fondo de la ría de Betanzos.

En actividad, el tramo mezcla lo que en los otros dos aparece separado: bateas —el polígono de Ares-Betanzos es uno de los seis con cultivo autorizado, aunque con una fracción pequeña del total—, marisqueo a pie en las ensenadas, y los dos mayores puertos de interés general del norte gallego, A Coruña y Ferrol, con tráfico comercial e industrial que no depende de la temporada.

La presión turística es, proporcionalmente, la más baja de los cuatro tramos. En 2024, «A Coruña e As Mariñas» sumó el 18 % de las noches costeras, pero con un indicador de 0,86 visitantes por cada cien residentes, y Ferrolterra el 6,2 % con 0,76. La cifra absoluta alta y la presión relativa baja se explican por lo mismo: aquí vive mucha gente todo el año. Es turismo urbano repartido sobre una población residente grande.

A Mariña lucense

El cuarto tramo cambia de fachada. Entre Ribadeo y a punta da Estaca de Bares, la costa gallega mira al Cantábrico, con orientación norte y sin rías que penetren tierra adentro; las entradas son cortas —o Barqueiro, Viveiro, Foz, Ribadeo— y de origen distinto al de las meridionales.

La exposición es alta pero de otro tipo: temporales del norte y del noroeste sobre una costa de relieve más suave, donde alternan acantilados calizos y arenales largos. La erosión diferencial sobre roca sedimentaria produce las formas que han hecho conocido a este tramo, con arcos y bóvedas que no aparecen en el granito del sur.

La actividad marítima carece de bateas —no hay ninguna ría autorizada en esta fachada— y se organiza en torno a puertos pesqueros de Portos de Galicia, agrupados en su Zona Norte, junto al puerto de interés general de San Cibrao, ligado al complejo industrial de la alúmina. La ausencia de acuicultura flotante y la presencia de industria pesada en el mismo tramo son un buen recordatorio de que «costa poco transformada» no es una categoría útil sin mirar los datos.

En turismo, A Mariña ofrece el resultado más interesante de la comparación: reunió el 7,0 % de las noches costeras de 2024, poco más que la Costa da Morte, pero con 2,46 visitantes por cada cien residentes, el segundo valor más alto del litoral gallego después de Arousa, y 721 noches por kilómetro cuadrado. Un tramo frío, sin rías abrigadas y sin bateas soporta una presión relativa casi el doble que la Costa da Morte.

Explicaciones alternativas

Ese último dato basta para descartar la explicación más cómoda, la que atribuye todo al clima y al abrigo: si el mar templado y tranquilo fuera la variable decisiva del turismo, A Mariña no debería estar por delante de la Costa da Morte. Lo está.

Una segunda explicación, con más apoyo, es la accesibilidad y la proximidad a las ciudades. Los tres tramos con más noches absolutas son los que rodean a Vigo, Pontevedra, A Coruña y Ferrol, y a su corredor de comunicaciones; la Costa da Morte y buena parte de A Mariña quedan fuera de ese eje. Explica bien el volumen, pero no la intensidad relativa: A Mariña, peor comunicada que el golfo Ártabro, triplica su presión por residente. Lo que ahí interviene es la concentración de la demanda en unos pocos puntos y la escasa población sobre la que se reparte.

Una tercera explicación es la promoción institucional, que efectivamente ha construido marcas territoriales —los geodestinos y las zonas turísticas de la estadística oficial, entre ellas Rías Baixas, Costa da Morte, Rías Altas y Mariña Lucense—. Pero la promoción no crea las condiciones físicas que reparten las bateas: esas dependen del abrigo, la profundidad y la productividad del agua, y ninguna campaña ha llevado un polígono de cultivo a Camariñas.

Conviene, por último, no invertir el argumento. Que la forma de la costa condicione los usos no significa que los determine: el puerto militar de Ferrol responde a una decisión política del siglo XVIII sobre una ría que se prestaba a ello, y la industria de San Cibrao se instaló en una costa que no la pedía.

Un principio, con su alcance

De la comparación de estos cuatro tramos —y solo de ellos— se deduce una regla doble. El reparto de los usos productivos del mar sigue sobre todo al grado de abrigo: donde el oleaje entra atenuado hay acuicultura flotante, marisqueo de intermareal y marismas; donde entra directo hay percebe, bajura y faros. El reparto de la presión turística, en cambio, no sigue al abrigo, sino a la relación entre la demanda concentrada y la población residente que la soporta, que es la razón por la que una costa cantábrica sin rías puede estar más presionada que una costa atlántica abierta.

Para quien vaya a viajar, la consecuencia práctica es que elegir «la costa de Galicia» no significa nada, y que conviene decidir por tramo y por variable: abrigo si se busca baño y mesa, exposición si se busca acantilado y temporal, población si se busca —o se evita— compañía.  Con 2.555 kilómetros contabilizados por la Xunta entre perímetro costero, islas y marismas, tratar ese conjunto como un solo destino es, sencillamente, un error de escala.

«,