Galicia está para comérsela!
Hablar de Galicia sin mencionar las excelencias de su gastronomía es poco menos que sacrílego y es que, ya sea de Norte a Sur o de Este a Oeste, Galicia está para comerla. La geografía gallega está llena de delicias culinarias prestas a despertar todos nuestros sentidos, bocados únicos con sabor a mar o la montaña que, en compañía de un bueno vino, se convierten en una razón de peso para amar esta tierra.
Hay lugares que se visitan. Y luego está Galicia.
Galicia se come.
Se come con las manos, si hace falta. Se come despacio, con pan para mojar la salsa y con una copa de vino al lado. Se come mirando al Atlántico, escuchando la lluvia golpear los cristales de una taberna y preguntándote por qué demonios no has venido antes.
Porque aquí el producto no necesita demasiadas explicaciones.
El mar como punto de partida
Mira una navaja recién salida del mar. Un percebe. Una vieira. Una centolla. Una buena merluza.
No hace falta disfrazarlos. Hace falta respetarlos.
Y eso Galicia lo entiende como pocos lugares.
El mar es, probablemente, el gran protagonista de esta cocina. Pero sería injusto quedarse ahí. Porque tierra adentro aparecen los grelos, las patatas, las castañas, los pimientos de Herbón, los quesos, la ternera gallega y, por supuesto, ese cerdo que parece tener una misión en la vida: hacer que todo sea un poco más delicioso.
Y entonces llega el pulpo
Ah, el pulpo.
Pimentón, aceite de oliva, sal gruesa y unas patatas debajo. Nada más.
Un plato aparentemente sencillo que, cuando está bien hecho, te recuerda una de las grandes verdades de la cocina: no necesitas veinte ingredientes para hacer algo extraordinario. Necesitas ingredientes extraordinarios y saber tratarlos.
Eso es Galicia.
Una cocina que no grita. No necesita hacerlo.
Una cocina que sabe a memoria
Está en una empanada recién horneada, en el crujido de una corteza de pan, en una cazuela de barro que llega a la mesa todavía borboteando.
Está en ese caldo gallego que parece sencillo hasta que pruebas la primera cucharada y entiendes que detrás hay horas de cocina, producto y memoria.
El lujo de lo sencillo
Y luego está el marisco.
Aquí tengo un problema.
¿Cómo se supone que debo escribir sobre una nécora sin empezar a salivar?
Hay algo casi absurdo en sentarse delante de una bandeja de marisco gallego. No hay técnicas complicadas. No hay espumas ni pinzas de precisión.
Hay tus manos, un buen producto y la obligación moral de no desperdiciar ni una gota de ese jugo.
Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas de Galicia: la cocina no intenta alejarte del producto. Intenta acercarte a él.
Por eso una comida gallega puede parecer humilde y, al mismo tiempo, absolutamente lujosa.
Porque el lujo no siempre está en lo complicado.
Galicia se come despacio
A veces está en comer una patata que sabe realmente a patata.
En abrir una botella de albariño junto al mar.
En compartir una empanada todavía caliente.
En terminar una comida con queso y membrillo mientras alguien dice: “¿Tomamos un café?” y todos sabemos perfectamente que en realidad quiere decir: “¿Y si pedimos también unas filloas?”
Por supuesto que las vamos a pedir.
Estamos en Galicia.
Aquí hemos venido a comer.
Y Galicia, amigos, está para comérsela.