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Las amistades peligrosas. Producciones Come y Calla

David Serrano dirige para Producciones Come y Calla la obra de Christopher Hampton sobre la novela de Laclos, con Pilar Castro y Roberto Enríquez como Merteuil y Valmont, en una puesta en escena desnuda y contemporánea.

Las amistades peligrosas

No hay abuela española que no haya advertido alguna vez a un nieto sobre sus amistades. «Dime con quién andas», decía, y luego remataba con un repaso minucioso a cada uno de los amigos del chaval, que salían de la conversación peor parados que un acusado en la Inquisición. Aquellas abuelas no habían leído a Choderlos de Laclos, pero habrían firmado el título de su novela sin dudarlo un segundo. Las amistades peligrosas, en la versión de David Serrano para Producciones Come y Calla, les da la razón con creces: hay amistades que conviene evitar, y algunas lucen además una sonrisa encantadora.

Dos cómplices sin freno

La obra es de Christopher Hampton y parte de la novela que Laclos publicó en 1782. En el centro están la marquesa de Merteuil y el vizconde de Valmont, dos antiguos cómplices que se divierten lanzándose desafíos como quien apuesta a las cartas en una sobremesa interminable. El problema es que las fichas de esa partida son personas. Las víctimas de sus juegos son Madame de Tourvel, una mujer casada, y la joven Cécile, que acaban cayendo rendidas ante el seductor.

Jean-Paul Sartre definió a la pareja protagonista como dos personajes «sin freno moral», y Baudelaire dijo de la novela que era «un libro que arde como el hielo». Muchos espectadores llegarán además con el recuerdo de la película de Stephen Frears, con Glenn Close, John Malkovich y Michelle Pfeiffer, que convirtió aquel triángulo perverso en un clásico del cine. Conviene olvidarla al sentarse en la butaca: lo que propone Serrano tiene muy poco que ver con los salones empolvados de la pantalla.

Un siglo XVIII que habla de hoy

La productora no se anda con rodeos a la hora de explicar por qué recupera este texto. Aunque la novela tenga más de dos siglos, habla de asuntos de plena actualidad: el abuso de poder, el consentimiento y la capacidad del dinero para comprar casi cualquier cosa. En su presentación llega a comparar a Valmont y Merteuil con Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell, protagonistas de uno de los escándalos más sonados de los últimos años, y describe la obra como un retrato de cómo las clases poderosas juegan con total impunidad con la vida de quienes tienen menos.

El propio Hampton lo explicaba poco después de estrenar su versión: lo fascinante de la historia es su vigencia, porque manipular los sentimientos y usar el amor como arma son prácticas tan actuales hoy como en el siglo XVIII. Cualquiera que haya presenciado una de esas cenas familiares en las que se reparten herencias, favores y rencores a partes iguales sabe que no le faltaba razón. La diferencia es que en las familias suele bastar con no volver a hablarse hasta la próxima boda; en el mundo de Merteuil y Valmont, las consecuencias son bastante más graves.

Cuando el cariño se convierte en estrategia

Hay otro elemento que vuelve especialmente incómoda esta historia, y en él insiste la crónica de Tu Otra Alternativa: el uso del amor como herramienta de control. En el mundo de Merteuil y Valmont, los sentimientos dejan de ser un refugio íntimo para convertirse en munición. El deseo sirve para alcanzar un objetivo, la seducción se planifica como una campaña militar y la confianza ajena se explota hasta las últimas consecuencias.

En los pueblos de antes, esto tenía un nombre mucho más modesto: «ese te está camelando». Lo decían las madres con el ceño fruncido cuando un pretendiente traía bombones demasiado caros o alababa con demasiado entusiasmo la tortilla de la casa. La obra lleva esa sospecha doméstica hasta sus consecuencias más oscuras, y ahí reside su vigencia: los mecanismos que muestra cambian de ropa con los siglos, pero siguen siendo perfectamente reconocibles.

Ni pelucas ni miriñaques

La decisión más llamativa del montaje es renunciar a la época. No hay corsés, ni casacas, ni pelucas empolvadas. Serrano ha planteado una puesta en escena casi desnuda, sin apenas mobiliario ni atrezo, con poco más que unas sillas y un banco, huyendo deliberadamente de la escenografía de época. Los intérpretes visten ropa contemporánea de color negro, dentro de un espacio limpio y elegante, y los cambios de personaje se hacen a la vista del público con pequeños retoques en el vestuario. Como señala Tu Otra Alternativa, al quitar el vestuario histórico desaparece también la excusa de mirar a estos personajes como si pertenecieran a un mundo lejano.

El resultado, según la crítica de En el teatro, es una propuesta muy naturalista en el texto y casi abstracta en lo formal, en la que una música leve acompaña los diálogos y las escenas se encadenan sin transiciones aparentes, gracias a que los actores apenas abandonan el escenario. Es un poco como esas historias que cuenta la tía más dotada de cada familia en la sobremesa de Nochebuena: sin decorado, sin disfraces, cambiando de voz y de gesto para hacer de todos los personajes, y con la mesa entera pendiente de cada palabra. Cuando la historia es buena, el decorado sobra.

Un reparto a la altura de la intriga

Pilar Castro y Roberto Enríquez dan vida a los dos pérfidos cómplices, Merteuil y Valmont. Castro llega con una larga carrera en cine, televisión y teatro, con películas como Días de fútbol, Gordos o Ventajas de viajar en tren. Enríquez ha trabajado en escena con directores como Andrés Lima, Luis Luque, Ernesto Caballero, Amalia Ochandiano o Miguel del Arco.

Les acompañan Ángela Cremonte, conocida por series como Los hombres de Paco, Hispania o Las chicas del cable y con títulos teatrales como Misántropo, Antígona o Hamlet; Carmen Balagué, con una larga trayectoria en televisión, cine y teatro; Lucía Caraballo, a quien muchos recordarán por Cuéntame cómo pasó, Estoy vivo o No me gusta conducir, e Iván Lapadula, que ha desarrollado su carrera entre España e Italia. Seis intérpretes de generaciones distintas para un juego en el que cada mirada cuenta y en el que nadie, ni siquiera el público, sale del todo indemne.

El equipo detrás del telón

La versión del texto la firman Curro Novallas y el propio David Serrano, que dirige con Rómulo Assereto como ayudante de dirección. La iluminación es de Juan Gómez-Cornejo, Premio Nacional de Teatro en 2011 y Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2023 y ganador de tres Premios MAX; el vestuario, de Elisa Sanz, con ocho Premios MAX en su haber; el sonido, de Luis Miguel Cobo, también con tres Premios MAX, y la escenografía, de Ricardo Sánchez Cuerda, con una trayectoria que abarca ópera, musicales, teatro de texto y danza. El cartel y las fotografías son de Javier Naval. Al frente de la producción están Eva Paniagua y Juanfran García, y la distribución corre a cargo de Fran Ávila.

La función dura en torno a dos horas y cuarto, con intermedio, tiempo de sobra para que el espectador pase de la sonrisa cómplice a la incomodidad y, con un poco de suerte, a una sana desconfianza hacia los encantadores. Un consejo de veterano para la salida: si alguien le propone una apuesta con una sonrisa demasiado amable, acuérdese de su abuela. Ella ya lo sabía todo antes de que Laclos lo pusiera por escrito.

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