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Tradición y leyenda

Samaín – La noche de los espíritus

Calabazas con penetrantes miradas, sigilosas arañas que se deslizan cadenciosamente por telarañas interminables, siniestros murciélagos y disfraces, muchos disfraces, son solo algunos de los protagonistas de Halloween, una celebración importada de Estados Unidos que pocas personas que asocian con sus orígenes: el Samhain, una antigua celebración religiosa pagana, originada en una tradición espiritual celta.

Samaín

Cuando llega la noche, las caras empiezan a aparecer.

En Cedeira las hay redondas y alargadas, torcidas, sonrientes, con dientes demasiado grandes o apenas una abertura por boca. Están hechas en cabazas y melones vaciados. Una luz pequeña ocupa el espacio que antes llenaba la pulpa y sale por los ojos. Después vienen las sábanas blancas, los camisones viejos y las figuras que atraviesan el casco antiguo mientras las calles permanecen casi a oscuras.

No es necesario imaginar la escena. En las últimas ediciones del Samaín cedeirés, el pasarrúas das pantasmas ha recorrido así la zona vieja, iluminado por las velas y linternas de quienes participan. En 2025 la localidad celebró la XXXVI edición de una fiesta cuya recuperación organizada comenzó décadas atrás.

La pregunta aparece precisamente al mirar una de aquellas caras encendidas.

¿Por qué vaciar un fruto, abrirle ojos y boca y colocar una luz dentro?

La respuesta sencilla diría que es una costumbre celta de hace dos mil años.

La respuesta verdadera necesita más tiempo.

Cuando terminaba el año de los trabajos

Para encontrar la palabra de la que procede nuestro Samaín hay que abandonar Galicia y viajar a la Irlanda medieval.

Los textos irlandeses conocen como Samain —Samhain en la grafía irlandesa moderna— uno de los grandes momentos que dividían el año. Tochmarc Emire, un relato medieval que conserva materiales anteriores, lo incluye entre las cuatro grandes fechas estacionales. Samain abría la mitad invernal del año, cuando la cosecha de cereal había terminado y cesaban buena parte de las actividades agrícolas, comerciales, marítimas y guerreras.

Era un buen momento para reunirse.

Las fuentes medievales irlandesas sitúan precisamente en Samain grandes asambleas, banquetes y encuentros de los grupos gobernados por los reyes locales. Ronald Hutton, uno de los historiadores que más detenidamente ha revisado estas tradiciones, considera bien establecida esa función de gran festival de entrada en el invierno.

El paisaje había cambiado antes que el calendario.

Había menos horas de luz. Los trabajos que podían realizarse fuera se reducían. Los animales y las reservas adquirían otra importancia. Terminaba una parte activa del año y comenzaba otra más recogida.

En ese cambio se instaló también lo extraordinario.

Muchos relatos irlandeses medievales sitúan en Samain encuentros con seres sobrenaturales, viajes al Otro Mundo y acontecimientos que no pertenecen al orden habitual de las cosas. Echtra Nerai, la aventura de Nera, comienza precisamente durante la fiesta. Otros ciclos literarios utilizan Samain como el momento en que lo humano y lo sobrenatural parecen encontrarse con mayor facilidad.

Pero hay que detenerse aquí.

La frase tantas veces repetida según la cual «los celtas creían que durante Samhain se abría el velo entre vivos y muertos» es una formulación moderna. Resume de manera atractiva varios motivos de las narraciones medievales, pero no aparece como una doctrina celta documentada en esos términos.

Tampoco podemos afirmar que Samain fuese el Año Nuevo de todos los pueblos celtas, ni que existiese una fiesta uniforme desde Irlanda hasta Galicia dedicada específicamente al culto de los antepasados.

Hutton ha revisado recientemente esa idea y ha seguido su difusión hasta los estudios de los siglos XIX y XX, especialmente los de John Rhys y James Frazer. Las fuentes medievales muestran un Samain importante, peligroso y cargado de actividad sobrenatural; no demuestran la existencia de un único «Año Nuevo celta» celebrado de igual manera por todos los pueblos considerados celtas, ni una gran fiesta pan-celta de los muertos.

Incluso la conocida traducción de Samhain como «fin del verano» debe utilizarse con prudencia: es una interpretación etimológica tradicional, no una certeza lingüística indiscutida.

La noche antigua comienza así a perder algunos de los adornos que le hemos colocado después.

Y gana algo a cambio: profundidad.

Los muertos encuentran otras fechas

Durante la Edad Media cristiana, los primeros días de noviembre adquirieron otra densidad.

La conmemoración colectiva de los santos era muy anterior, pero no se celebró siempre el 1 de noviembre. En distintas iglesias se utilizaron fechas diferentes. En Inglaterra e Irlanda el 1 de noviembre aparece desde el siglo VIII y esa fecha terminó asentándose también en Roma durante el siglo IX.

El día siguiente acabó reservado a los difuntos. En 998, Odilón de Cluny ordenó que los monasterios sujetos a Cluny dedicasen el 2 de noviembre a la memoria y oración por todos los fieles muertos; la práctica se extendería después por la Iglesia occidental.

Samain, Todos los Santos y Defuntos terminaron así ocupando un espacio muy estrecho del calendario.

Pero proximidad no significa sustitución demostrada.

No sabemos que la Iglesia trasladase deliberadamente Todos los Santos al 1 de noviembre para borrar una fiesta pagana llamada Samain. La historia es más irregular. Fiestas cristianas, costumbres locales y tradiciones estacionales fueron coincidiendo, contaminándose y adquiriendo significados nuevos durante siglos. La propia documentación medieval con la que reconstruimos Samain fue escrita por autores cristianos mucho después de la conversión de Irlanda.

El umbral seguía allí.

Solo habían cambiado algunas de las figuras que lo atravesaban.

En Galicia había cabazas antes de que llegara Halloween

Aquí la historia vuelve hacia nosotros.

Las grandes recopilaciones etnográficas gallegas describen noviembre alrededor de Todos os Santos, Defuntos, as ánimas y el magosto. El Museo do Pobo Galego resume el 2 de noviembre como una de las principales celebraciones del otoño tradicional: limpieza y adorno de sepulturas, flores, velas y lámparas de aceite convivían con el magosto, cuando las castañas estaban en sazón y el vino nuevo comenzaba a beberse.

Hay fuego, alimento y muertos, pero todavía no necesitamos llamarlo Samaín.

También había cabazas.

A comienzos de este siglo, una investigación divulgada por Culturagalega recogió testimonios de diferentes puntos del país —entre ellos Cedeira, Noia, Catoira, Muxía, Sanxenxo y Quiroga— sobre la costumbre de vaciar cabazas o melones, tallarles ojos y boca y colocarlos en caminos o lugares de paso para asustar a quienes transitaban de noche. En algunas zonas recibían nombres locales: caliveras, calacús o caveiras.

Ese dato importa mucho.

Porque permite afirmar que en Galicia existió una tradición de rostros tallados en frutos antes de la generalización contemporánea de Halloween.

Lo que no permite demostrar es que un habitante de Galicia de hace varios siglos estuviese celebrando conscientemente el Samain irlandés ni que su cabaza fuese la supervivencia intacta de un rito de la Edad del Hierro.

Entre ambos extremos existe un hueco documental de muchos siglos.

Y no debe rellenarse con imaginación.

Al otro lado del mar aparece, sin embargo, una semejanza notable. El National Museum of Ireland conserva memoria material de linternas hechas con nabos vaciados y tallados. Una pieza de Fintown, en Donegal, ingresó en el museo en 1943 acompañada del testimonio de que aquel tipo de farol se elaboraba en la zona alrededor de 1900. Se introducía una vela en su interior y se utilizaba para asustar durante la noche del 31 de octubre. El museo señala que la utilización generalizada de la calabaza sería un desarrollo posterior en Norteamérica.

Un nabo en Irlanda.

Una cabaza o un melón en Galicia.

Dos caras iluminadas en la oscuridad.

La semejanza existe. La línea directa que las uniría a través de dos mil años, no podemos demostrarla.

Castañas para los que ya no están

Las cabazas no estaban solas.

En muchos lugares de Galicia noviembre olía a castaña cocida o asada. Una de las costumbres más singulares son los zonchos: castañas cocidas con su piel que se ensartan con hilo formando collares.

La tradición los relacionó especialmente con los días 1 y 2 de noviembre y pervive todavía en zonas del norte de Galicia. Algunas explicaciones populares dicen que protegían a los niños de los espíritus; otras sostienen que cada castaña regalada o comida liberaba un alma del purgatorio. Son creencias tradicionales recogidas en torno a la costumbre, no hechos que podamos remontar con seguridad hasta una religión precristiana.

Algo parecido sucede con el magosto.

El fuego, las castañas y su proximidad a Defuntos lo han convertido en candidato frecuente a ser presentado como supervivencia de antiguos ritos funerarios. La relación de los magostos con noviembre y con la memoria de los muertos está documentada en la tradición gallega; su descendencia directa del Samain celta no lo está.

Cada vez que retrocedemos demasiado, el hilo se vuelve más fino.

Conviene no romperlo.

La verdadera llegada del Samaín

Y entonces ocurre algo inesperado.

Después de buscar durante siglos una fiesta gallega llamada Samaín, llegamos al siglo XX.

Aquí sí tenemos nombres, lugares y fechas.

La figura fundamental es Rafael López Loureiro, maestro vinculado a Cedeira. A comienzos de la década de 1990 emprendió un trabajo de recuperación de las antiguas caveiras de cabaza que recordaba del mundo rural y las llevó también al terreno escolar. Su investigación posterior reunió testimonios acerca de la distribución de esa costumbre y buscó sus paralelos con tradiciones de Irlanda y otras regiones atlánticas.

En 2005 publicó Samaín: a festa das caliveras, una obra dedicada precisamente al proceso de recuperación, a su aplicación didáctica y a la recopilación de testimonios. La propia ficha bibliográfica describe un trabajo desarrollado durante trece años y una fiesta recuperada en Cedeira catorce años antes.

Aquí encontramos por fin un punto sólido.

El nombre Samaín aplicado de manera consciente y organizada a la recuperación de estas tradiciones gallegas es contemporáneo.

Eso no convierte las cabazas, los zonchos, las ánimas o las costumbres de Defuntos en invenciones modernas. Algunas existían antes y están documentadas.

Lo moderno es reunirlas, interpretarlas dentro de un marco denominado Samaín y construir a partir de ellas una celebración pública reconocible.

La fiesta no estuvo congelada durante dos mil años esperando que alguien la encontrase.

Fue reconstruida con materiales antiguos.

Cedeira, donde la recuperación echó raíces

Por eso Cedeira ocupa una posición distinta a la de cualquier otro lugar cuando se habla del Samaín gallego actual.

La celebración organizada lleva allí más de tres décadas. En 2025 llegó a su XXXVI edición. El paseo da Mariña y el casco antiguo concentran cabazas y melones tallados, talleres de zonchos, cuentos de miedo y el pasarrúas de pantasmas. La propia organización insiste en una estética deliberadamente sencilla: sábanas, camisones blancos, caras de ánimas, luces pequeñas.

No muy lejos, en San Mateo de Trasancos, Narón, el Samaín se ha convertido igualmente en una cita anual. La celebración reúne talleres de cabazas y un recorrido nocturno conocido como Comitiva de Luces e Tebras, además de otras actividades organizadas alrededor de la noche del 31 de octubre.

Más al sur, Pontevedra ha desarrollado en los últimos años su Noite dos Calacús. En 2025 el programa reunió tallado de calacús, collares de zonchos, cuentos, Pan de Ánimas y una Procesión das Ánimas por el centro histórico. Es una celebración contemporánea y conscientemente recuperadora: no la prueba de una procesión idéntica celebrada allí desde tiempos celtas.

Esa diferencia entre tradición y reconstrucción no empobrece ninguna de las tres.

Explica cómo funciona realmente la cultura.

Y Halloween regresó por el Atlántico

Durante mucho tiempo se ha presentado la relación como un combate sencillo.

Samaín sería lo nuestro.

Halloween, lo americano.

La historia vuelve a complicarlo.

El nombre Halloween procede de All Hallows’ Eve, la víspera de Todos los Santos. En Irlanda, la noche anterior a Samhain conservó durante los siglos recientes comidas especiales, juegos, disfraces, visitas de grupos enmascarados, bromas, adivinaciones y faroles tallados. El National Museum of Ireland conserva abundante documentación etnográfica de estas costumbres.

Los emigrantes llevaron consigo parte de ese mundo cultural a Norteamérica. Allí cambió. Los nabos dejaron paso a las grandes calabazas americanas, la celebración se hizo urbana y comercial y terminó convirtiéndose en una de las fiestas populares más reconocibles de Estados Unidos.

Después regresó a Europa.

Cuando Halloween entró con fuerza en Galicia a finales del siglo XX, no llegaba por tanto desde un planeta cultural completamente ajeno. Algunos de sus antepasados habían cruzado el Atlántico desde Irlanda y Gran Bretaña más de un siglo antes.

Mientras tanto, Galicia había conservado sus propias cabazas, ánimas, cementerios, castañas y relatos de muertos.

El encuentro contemporáneo no fue entre una tradición pura y otra extraña.

Fue entre historias que habían viajado por caminos diferentes.

La noche de 2026

Este año la secuencia del calendario resulta especialmente limpia.

El sábado 31 de octubre de 2026 caerá la víspera de Todos los Santos. El domingo 1 de noviembre será Todos los Santos y el lunes 2, Defuntos.

A finales de septiembre todavía es pronto para atribuir a Cedeira, Narón, Pontevedra u otros municipios un programa de 2026 que no hayan publicado oficialmente. Las celebraciones de años anteriores permiten saber dónde existe una continuidad organizada; los horarios y actividades de este otoño tendrán que verificarse cuando cada entidad publique su programa.

Pero las cabazas volverán.

Algunas serán naranjas. Otras conservarán formas menos regulares. Tendrán dientes, ojos demasiado juntos, cortes torpes hechos por manos pequeñas. Dentro habrá una vela o una luz.

Puede que alguien diga que aquello lo hacían exactamente igual los celtas hace dos mil años.

No lo sabemos.

Sabemos algo distinto.

Sabemos que en la Irlanda medieval existió una gran fiesta de entrada en el invierno llamada Samain. Sabemos que sus relatos llenaron esa fecha de seres sobrenaturales. Sabemos que el cristianismo situó Todos los Santos y Defuntos sobre los primeros días de noviembre. Sabemos que Galicia conservó durante generaciones luces para los muertos, castañas, ánimas y cabazas transformadas en rostros. Y sabemos que, a finales del siglo XX, algunas de aquellas piezas volvieron a reunirse bajo un nombre antiguo.

La noche no atravesó intacta dos mil años.

Atravesaron fragmentos.

Cuando en Cedeira se apagan las luces y una cara vaciada vuelve a encenderse desde dentro, todos esos tiempos caben por un momento en el mismo objeto.

Después queda la cabaza.

Y una pequeña luz detrás de los ojos.

 

Referencias

  • Ronald Hutton, The Stations of the Sun (Oxford University Press, 1996), capítulos dedicados a Samhain y al Halloween moderno. (OUP Academic)
  • Ronald Hutton, «The Celtic New Year and Feast of the Dead», Folklore, vol. 135, 2024. (Taylor & Francis Online)
  • National Museum of Ireland, colecciones y documentación sobre Samhain, Halloween y el ghost turnip de Fintown. (National Museum of Ireland)
  • Museo do Pobo Galego, documentación sobre o ciclo de Defuntos e o Magosto. (Museo do Pobo)
  • Portal das Palabras / Real Academia Galega, documentación lexicográfica y tradicional sobre los zonchos. (Portal das Palabras)
  • Culturagalega, recopilación sobre las cabazas talladas de Defuntos y los testimonios recogidos en diferentes zonas de Galicia. (Consello da Cultura Galega)
  • Rafael López Loureiro, Samaín: a festa das caliveras (Ir Indo, 2005), ficha bibliográfica y descripción del proyecto de recuperación. (Galicia Encantada)
  • Concello de Cedeira, Concello de Pontevedra y Turismo de Narón, documentación de las celebraciones contemporáneas. (Cedeira)