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Historia y patrimonio

Diego Xelmírez: casi todo lo que sabemos de él lo mandó escribir él mismo

Obispo desde 1100 y primer arzobispo de Compostela desde 1120, Diego Xelmírez consiguió para su sede el rango metropolitano, el derecho a acuñar moneda y una flota propia, y mandó escribir la crónica de su propio mandato. La ciudad se levantó contra él dos veces. No se sabe dónde está enterrado.

Representación de Diego Xelmírez

Hacia 1109, el obispo de Compostela encargó a sus canónigos que empezaran a redactar un registro de su pontificado. Se escribió en latín, en vida del protagonista, por gente de su entorno inmediato y con el propósito declarado de fundamentar los derechos de la sede. Ese libro es hoy la fuente principal para conocer a Diego Xelmírez.

Y sin embargo es un documento histórico de primer orden. La razón es que, además de contar su versión, transcribe dentro del texto cartas, bulas y acuerdos de la época. El relato hay que leerlo con pinzas; los documentos que arrastra, no.

Con esa doble condición se puede reconstruir la carrera del hombre que convirtió una diócesis periférica en la tercera gran meta de peregrinación de la cristiandad.

El hijo del guardián de un castillo

Nació hacia 1065, probablemente en Catoira, donde su padre, Xelmirio, era caballero y custodio de las Torres do Oeste al servicio del obispo Diego Peláez. Baja nobleza gallega, en el escalón desde el que se puede ascender pero desde el que no se llega solo.

Se formó en la escuela catedralicia de Santiago y pasó por la corte de Alfonso VI. Hacia 1092 entró en la casa del conde Raimundo de Borgoña —yerno del rey y gobernador de Galicia— al frente de su cancillería, y en 1093 aparece ya como administrador de la iglesia compostelana. Cuando en 1095 el papa Urbano II trasladó la sede episcopal de Iria a Compostela, el obispo nombrado fue Dalmacio; murió al año siguiente, y Xelmírez quedó administrando la diócesis durante un lustro.

Fue elegido obispo el 1 de julio de 1100 y consagrado el 21 de abril del año siguiente. Tenía unos treinta y cinco años y cuarenta por delante en el cargo.

Qué construyó, literalmente

El objetivo de todo su mandato se puede resumir en una idea: convertir el prestigio del sepulcro en poder institucional y económico, y devolver ese dinero a la piedra.

Las obras de la catedral avanzaron con las rentas de la peregrinación. El cabildo llegó a los setenta y dos canónigos, siete de ellos con rango de cardenal por concesión de Roma. En 1104 obtuvo el privilegio de usar palio. Consiguió el derecho a acuñar moneda, una potestad que en la práctica solo tenían los reyes, y su moneda circuló por Galicia.

La culminación llegó en 1120. El papa Calixto II —hermano, por cierto, de aquel Raimundo de Borgoña en cuya cancillería había empezado— transfirió a Compostela la dignidad metropolitana de la antigua sede de Mérida, todavía en territorio musulmán, y nombró a Xelmírez primer arzobispo de Santiago y legado pontificio sobre las provincias de Mérida y Braga.

El movimiento es de una habilidad notable: se le da a una ciudad nueva el rango de una sede antigua que nadie podía reclamar porque estaba en manos ajenas. Compostela pasó de diócesis reciente a metrópoli sin tener que discutirle la primacía a nadie.

El robo de las reliquias de Braga

Antes de eso, y para entender la competencia entre sedes, hay que contar un episodio que la propia Historia Compostelana narra sin especial disimulo, en el capítulo quince de su primer libro.

Xelmírez viajó a Braga, la sede rival al sur del Miño, y de allí se llevó las reliquias de varios mártires —entre ellos San Fructuoso y San Silvestre— hasta Compostela. En la tradición eclesiástica ese tipo de operación tiene incluso nombre técnico, furtum sacrum o pío latrocinio, y se justificaba con el argumento de que los santos consentían el traslado si querían ser mejor venerados en otro sitio.

El interés práctico es evidente. En la Edad Media, una iglesia sin reliquias no era nadie, y una sede que aspiraba a rango metropolitano necesitaba acumularlas. Que el propio registro del arzobispo recoja el episodio dice bastante sobre cómo se veía la operación desde dentro: no como un delito que ocultar, sino como un mérito que consignar.

Una flota en la ría de Arousa

Hacia 1115, ante los ataques de flotas normandas y sarracenas a la costa gallega, Xelmírez mandó construir barcos en la ría de Arousa, contratando maestros constructores extranjeros. Se suele presentar como la primera armada organizada de la península cristiana, y aunque conviene tomar los superlativos con cautela, el hecho en sí está documentado y es llamativo: un arzobispo montando una marina de guerra.

Tiene además una lógica geográfica. La ría de Arousa es la puerta de entrada al Ulla y, por él, al corazón del territorio compostelano. Las Torres do Oeste de Catoira, donde se había criado, existían precisamente para cerrar ese paso.

Lo que pensaba la ciudad

Aquí es donde la crónica oficial se vuelve más interesante, porque tuvo que registrar lo que preferiría no contar.

Compostela había desarrollado una burguesía urbana de mercaderes y artesanos que vivía de atender peregrinos, y esa burguesía quería espacio político propio. Se levantó contra su señor en 1116 y 1117, con la reina Urraca metida también en el conflicto, y volvió a hacerlo en 1136, ya con Xelmírez anciano y con la corona aprovechando para recortarle poder.

Del primer episodio queda una huella física que todavía se puede ver: el incendio de 1117 dañó gravemente la fachada sur de la catedral, y al rehacerla se recolocaron esculturas y se cambiaron piezas de sitio. Buena parte del desorden que se aprecia hoy en la fachada de Praterías arranca de aquella revuelta.

En 1133, entre una rebelión y otra, se elaboró un Decreto de precios acordado entre el cabildo, los jueces que encarnaban el poder señorial y delegados del concejo, y confirmado por el rey Alfonso VII y por el propio arzobispo. Es un documento revelador: la ciudad no consiguió quitarse a su señor de encima, pero sí sentarse a negociar tarifas con él.

Cómo leer la Historia Compostelana

Conviene saber tres cosas sobre el libro que sostiene todo lo anterior.

La primera: no se llamaba así. Sus autores lo llamaban registrum, y el título con el que hoy se conoce se lo puso Enrique Flórez al publicarlo en 1765 en el tomo veinte de su España sagrada.

La segunda: no es una biografía, y no pretende serlo. Por eso, aun siendo Xelmírez su protagonista indiscutible, la obra no dice cuándo nació ni cuándo murió. Los historiadores han tenido que fijar su muerte por descarte, entre la última vez que firma un documento, en junio de 1139, y la elección de su sucesor, en junio de 1140.

La tercera: su valor está en los documentos insertos. Un relato encargado por el protagonista tiene el sesgo que cabe esperar, pero las bulas y cartas que reproduce son las que son, y por eso el libro sigue siendo una fuente central para el estudio de la primera mitad del siglo XII en el reino de León.

En su época se impulsó también el Liber Sancti Iacobi, el códice conocido como Calixtino, cuyo libro quinto describe el itinerario de peregrinación. Xelmírez entendió antes que casi nadie que un santuario necesita, además de reliquias, una guía que explique cómo llegar.

Qué queda de él

La catedral, en primer lugar, aunque lo que hoy se ve incorpore siglos posteriores. Junto al Obradoiro está el palacio arzobispal que lleva su nombre, iniciado en su tiempo y muy reformado después, hoy visitable dentro del recorrido del conjunto catedralicio; conviene confirmar horarios y acceso antes de ir, porque cambian por temporadas.

En Catoira siguen en pie las Torres do Oeste, la fortificación que custodiaba su padre y que defendía la entrada del Ulla. Es un sitio poco visitado fuera del primer domingo de agosto, cuando se celebra allí una romería muy concurrida, y bastante más agradable el resto del año.

Y falta una cosa. No se sabe dónde está enterrado. El hombre que dedicó cuarenta años a organizar, promocionar y monetizar el sepulcro más famoso de Europa no tiene tumba identificada en la ciudad que construyó.

Referencias