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El Lago de los Cisnes. Ballet de Kiev

El gran clásico de Chaikovski, que nació como juego familiar en 1871 y fracasó antes de convertirse en leyenda, en la versión del Ballet de Kiev con la coreografía de Marius Petipa.

Escena de "El lago de los cisnes"

En toda familia gallega hay una tía, una abuela o una vecina del cuarto que, llegado el otoño, anuncia con la solemnidad de un bando municipal que este año sí, que este año los niños van a ver El lago de los cisnes. Durante una semana se negocia el vestuario, se discute si el crío aguantará sentado y se rescata del cajón aquel programa de mano amarillento de una función a la que ella fue de jovencita, y que conserva como quien guarda una reliquia. El Ballet de Kiev viene a darle la razón: entre el 14 y el 18 de octubre, la compañía recorre cinco ciudades gallegas con el más célebre de los ballets de Chaikovski.

Todo empezó con unos cisnes de madera

Antes de los grandes teatros hubo una casa de campo. En el verano de 1871, Chaikovski pasaba unas vacaciones en Kamenka, la finca de su hermana Alexandra en la entonces provincia de Kiev, y para entretener a sus sobrinos montó con ellos un pequeño ballet doméstico titulado, cómo no, El lago de los cisnes. Su hermano Modest hizo de príncipe, una de las sobrinas bailó a Odette y, según recordaron los chiquillos ya de mayores, había unos espléndidos cisnes de madera sobre los que se balanceaban y que siguieron en la casa muchos años después de la función.

No se conserva partitura de aquel estreno de andar por casa, pero la familia sostuvo siempre que la melodía de los cisnes era ya la misma que hoy reconoce medio mundo. Es decir, que una de las obras más famosas de la historia de la danza empezó como empiezan tantas cosas importantes en las familias: con un tío con paciencia, unos niños con ganas de disfrazarse y una tarde de verano que no se acababa nunca. Que sea ahora una compañía de Kiev la que trae esos cisnes a Galicia tiene algo de vuelta a casa.

Un fracaso con final feliz

El encargo serio llegó en 1875, de manos de Vladimir Beghitchev, alto funcionario teatral y antiguo responsable artístico del Bolshói. Chaikovski compuso la partitura entre 1875 y 1876, y el teatro moscovita la estrenó el 4 de marzo de 1877 con coreografía de Julius Reisinger. La acogida fue tibia, por decirlo con caridad, y la obra salió pronto del repertorio, como esos platos que la familia prueba una vez por compromiso y que nunca más vuelven a la mesa.

La resurrección llegó en enero de 1895, en el Teatro Mariinski de San Petersburgo, cuando Marius Petipa y Lev Ivanov se repartieron el trabajo como dos hermanos se reparten la herencia: Petipa se quedó con el primer y el tercer acto, e Ivanov con el segundo y el cuarto, los que transcurren a orillas del lago. La partitura la revisó Riccardo Drigo, director musical de los teatros imperiales, y la italiana Pierina Legnani bailó a Odette en aquel estreno. Chaikovski, muerto en 1893, no llegó a verlo. Sobre aquella versión se levanta todavía la mayoría de los montajes que circulan por el mundo, y de ella parte también el Ballet de Kiev, que anuncia la coreografía de Petipa y el libreto de Vladimir Beghitchev y Vasili Geletzer.

Una historia de plumas y malas compañías

El argumento cabe en una servilleta y, sin embargo, lleva siglo y medio emocionando a públicos de medio mundo. El príncipe Sigfrido se enamora de Odette, una joven convertida en cisne por el hechizo del brujo Von Rothbart. El malvado, que como todo villano de cuento tiene más recursos que escrúpulos, le presenta en pleno baile a su hija Odile, el cisne negro, idéntica a la amada pero con otras intenciones. El príncipe, como tantos novios antes y después que él, no distingue el original de la imitación, y de ese despiste nacen la tragedia y algunas de las páginas más bellas de la danza, como el paso a dos del cisne negro, que suele dejar a medio patio de butacas conteniendo la respiración.

Y luego está la danza de los pequeños cisnes, que tararea hasta quien jura no haber pisado nunca un teatro. Son cuatro bailarinas que se mueven apiñadas y al unísono, como un solo cuerpo, con una sincronía que cualquier familia gallega reconocerá en las cuatro primas que posan juntas en la foto de la boda sin que ninguna se atreva a soltarse. Ese cuarteto suele confiarse a bailarinas jóvenes que empiezan a abrirse camino, así que conviene mirarlas bien: quizá alguna sea la Odette de dentro de unos años.

Una compañía nacida de un sueño

El Ballet de Kiev lo fundó en 2017 Viktor Ishchuk, antiguo bailarín solista de la Ópera de Kiev, con la idea de reunir en una compañía estable y joven a buena parte del talento ucraniano. Tiene su sede en el Centro Internacional de Cultura y Artes de la capital ucraniana y cuenta entre sus filas con varios solistas del Teatro de Ópera y Ballet de Kiev. Su primera gira española, en 2022, quedó marcada por el comienzo de la guerra, y desde entonces la compañía ha vuelto cada temporada; según sus propios datos, más de 425.000 espectadores han visto ya sus producciones.

Esta gira, además, aporta fondos a UNICEF para su trabajo en la emergencia de Ucrania, de modo que aquí la entrada sirve para algo más que para sentarse. No es poca cosa para un ballet que lleva siglo y medio contando que el bien y el mal se parecen tanto que hay que fijarse mucho para no confundirlos.

Instrucciones para el espectador primerizo

La función dura algo más de dos horas, entreacto incluido, que es el tiempo justo para que el abuelo dé una cabezada discreta a orillas del lago y despierte, sobresaltado, en plena aparición del cisne negro. Conviene llegar con tiempo, apagar el móvil antes de que se lo pida con la mirada el vecino de butaca y, en caso de duda sobre cuándo aplaudir, hacerlo un segundo después que el señor de la primera fila, que siempre sabe. Es el mismo método que se usa en las bodas con los cubiertos de pescado, y nunca ha fallado.

Próximas representaciones

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