Prisciliano: quince siglos con la versión de sus acusadores
Ejecutado en Tréveris hacia el año 385 por brujería, y no por herejía, Prisciliano fue el primer cristiano condenado a muerte en un proceso impulsado por otros cristianos. Su movimiento sobrevivió dos siglos en la Gallaecia, y desde 1900 hay una hipótesis abierta sobre si los restos venerados en Compostela son los suyos. Qué está documentado y qué no.
En 1885, un investigador alemán llamado Georg Schepss encontró en la biblioteca universitaria de Wurzburgo un manuscrito con once tratados. Estaban firmados por el círculo de Prisciliano, y se publicaron cuatro años después. Hasta ese momento, todo lo que se sabía del personaje procedía de quienes lo habían acusado, juzgado y ejecutado quince siglos antes.
Conviene tener eso presente al leer cualquier cosa sobre él, incluida esta. Durante mil quinientos años el expediente lo escribió la acusación.
Un aristócrata que se puso a ayunar
Prisciliano nació hacia el año 340 en algún punto de Hispania. Dónde exactamente es objeto de discusión académica todavía hoy: hay quien sostiene un origen en la Gallaecia, apoyándose en el arraigo posterior de su movimiento en el noroeste, y hay quien argumenta que su formación y su posición social encajan mejor con zonas más urbanizadas y romanizadas. No está resuelto, y los textos que lo dan por gallego sin más están decidiendo una cuestión abierta.
Lo que sí es firme: era rico, de familia noble, tenía formación clásica y era seglar. Hacia el año 375 empezó a predicar una forma de cristianismo severa —ayuno, pobreza, celibato, lectura directa de las Escrituras, incluidos textos apócrifos— que caló deprisa. Sus seguidores se reunían en villas rurales en lugar de acudir a la iglesia, incorporaban a mujeres y a esclavos en pie de igualdad espiritual, y desconfiaban del clero acomodado y de la alianza entre Iglesia e Imperio.
Cualquiera de esas prácticas era discutible en su época. Todas juntas, en manos de un laico con dinero y con público, resultaban un problema de autoridad.
Lo que el concilio de Zaragoza no hizo
Aquí hay que frenar, porque casi todos los textos divulgativos repiten lo mismo y la investigación reciente dice otra cosa.
El 4 de octubre del 380 se reunió en Zaragoza un concilio con una docena de obispos hispanos y aquitanos. La versión habitual afirma que allí se condenó a Prisciliano. Los trabajos de María Victoria Escribano Paño y, más recientemente, el estudio de Diego Piay Augusto y Javier Martínez publicado en la revista Gerión en 2024, sostienen que el concilio emitió cánones contra determinadas prácticas, sin dictar condenas nominales contra Prisciliano ni contra los obispos que lo apoyaban. Ni siquiera estaba en condiciones de hacerlo.
La diferencia no es menor. Convertir Zaragoza en una condena personal sirve para construir un relato de causa y efecto que desemboca limpiamente en Tréveris cinco años después, y ese relato lo montaron, en buena medida, quienes necesitaban justificar el desenlace.
Lo que sí ocurrió tras el concilio fue que sus partidarios, los obispos Instancio y Salviano, lo nombraron obispo de Ávila aprovechando una vacante. Era, entre otras cosas, una maniobra defensiva: un obispo tenía protecciones que un laico no tenía.
Tréveris, 385
El conflicto escaló por vía política. Hubo cartas, excomuniones, un decreto imperial de destierro y su posterior anulación, y un viaje a Roma donde el papa Dámaso no llegó a recibirlos.
Cuando el emperador Graciano fue derrocado por Magno Máximo —un usurpador que necesitaba el respaldo de la Iglesia jerárquica para consolidarse—, el proceso se reabrió. Se convocó un concilio en Burdeos en 384, donde se depuso a Instancio, y Prisciliano apeló al emperador, lo que trasladó el asunto a un tribunal civil en Tréveris.
Allí no se le juzgó por herejía. Se le juzgó por maleficium: brujería. Las acusaciones incluían reuniones nocturnas con mujeres, uso de hierbas abortivas y prácticas mágicas. Bajo tortura obtuvieron una confesión —reconoció, entre otras cosas, haber rezado desnudo, lo que en el marco legal de la época equivalía a admitir invocaciones demoníacas— y fue decapitado hacia el año 385 junto a varios de sus seguidores: Felicísimo, Armenio, Eucrocia, Latroniano, Aurelio y Asarino.
Ese matiz jurídico importa para la frase que siempre se repite. Prisciliano suele presentarse como el primer cristiano ejecutado por herejía, y lo cierto es que fue condenado por un delito civil de magia, en un tribunal secular, a instancias de obispos. La cuestión de fondo era doctrinal; la acusación formal, no. Es exactamente el tipo de distinción que se pierde en los resúmenes.
La ejecución escandalizó a parte del episcopado. Martín de Tours, presente en Tréveris, había intentado impedirla; Ambrosio de Milán la condenó pese a discrepar de las tesis priscilianistas; el papa Siricio criticó el proceso. La objeción no era doctrinal sino de principio: que un juez seglar juzgase una causa eclesiástica y que el desenlace fuera la sangre.
El movimiento no murió: se mudó
Según Sulpicio Severo, cronista casi contemporáneo y fuente principal de todo el episodio, discípulos suyos viajaron a Tréveris para recuperar los cuerpos y llevarlos de vuelta a Hispania. La delegación la encabezaba Dictinio.
A partir de ahí, el priscilianismo arraigó con fuerza en la Gallaecia, la provincia romana cuyos tres conventus tenían capital en Lugo, Braga y Astorga. Y aguantó siglos. El I Concilio de Toledo, en el año 400, tuvo que dedicarle una profesión de fe específica. Siguió vivo durante la etapa sueva. Y no se dio por cerrado hasta los concilios de Braga, ya en el siglo VI, casi doscientos años después de la decapitación.
Ese arraigo es un hecho documentado, y es la base de todo lo que viene después.
La pregunta del sepulcro
En 1900, el hagiógrafo francés Louis Duchesne publicó en la revista Annales du Midi un artículo titulado «Saint Jacques en Galice» en el que sugería que los restos venerados en Compostela podrían ser los de Prisciliano.
Conviene atribuirlo bien, porque suele adjudicarse a otros: la hipótesis es de Duchesne. Claudio Sánchez-Albornoz y Miguel de Unamuno se hicieron eco de ella después, y el teólogo Henry Chadwick la recogió más tarde. Sánchez-Albornoz, por su parte, argumentó sobre todo otra cosa: que no existe ninguna noticia antigua y fiable que respalde la presencia del apóstol en Hispania ni el traslado de su cuerpo, y que hay siglos de silencio documental antes de que aparezca la tradición.
Lo que sostiene la hipótesis es la coincidencia: un culto priscilianista firme en Gallaecia hasta el siglo VII, un enterramiento venerado, una necrópolis tardorromana bajo la catedral y un descubrimiento del sepulcro hacia el año 813 o 830 que resultó política y religiosamente utilísimo.
Lo que le falta es igual de claro: no hay ningún documento que sitúe los restos de Prisciliano en Compostela concretamente. El traslado a Hispania está en Sulpicio Severo; el destino final, no. El historiador Francisco Singul ha calificado la teoría de ocurrencia sin base documental, y un análisis publicado en prensa lo resumió señalando que la hipótesis adolece de la misma falta de rigor que la versión tradicional que pretende sustituir.
Sobre los restos en sí, lo verificable es escaso. Se ocultaron a finales del siglo XVI ante el temor a un ataque inglés y estuvieron perdidos unos tres siglos, hasta su redescubrimiento en 1879. La comisión que los examinó entonces pudo certificar que eran restos humanos muy antiguos, y sobre esa base León XIII confirmó la tradición en 1884. No se han hecho públicos análisis modernos que permitan ir más lejos.
De modo que la respuesta honesta a quién está en el sepulcro es que no se sabe, y que ninguna de las dos versiones puede demostrarse con la documentación disponible. Los historiadores compostelanos suelen hablar de la inventio del sepulcro jugando con el doble sentido del término, hallazgo e invención, y señalando algo difícil de discutir: sea quien sea el enterrado, la creencia sostenida durante mil doscientos años creó una realidad histórica propia. Sin ella no existirían ni la ciudad ni el Camino tal como los conocemos.
Por qué a Galicia le gusta esta historia
Merece la pena señalar el uso que se le ha dado, porque explica su popularidad.
Desde el galleguismo, la figura resulta atractiva por razones evidentes: un heterodoxo del noroeste, austero, crítico con el poder eclesiástico y con la riqueza del clero, cuya memoria habría quedado tapada por un culto que convenía a intereses ajenos. Escritores como Xosé Luis Méndez Ferrín han desarrollado esa lectura, y Ramón Chao le dedicó una novela.
Es una interpretación legítima y también una construcción moderna. El Prisciliano histórico —el de los once tratados de Wurzburgo— es un asceta del siglo IV preocupado por la pureza y la lectura de las Escrituras, no un precursor de nada que se pareciera a una reivindicación territorial.
Qué queda por ver
Poco, y conviene decirlo. No hay yacimiento priscilianista visitable, ni monumento, ni ruta señalizada. Lo que existe es un debate y unos cuantos lugares donde se sostiene.
El principal es la propia catedral de Santiago, donde se puede bajar a la cripta y ver la urna. Debajo hay una necrópolis tardorromana excavada, cuya existencia es lo único que ambas hipótesis comparten: allí había enterramientos cristianos anteriores al siglo IX. La fachada de Praterías, con sus esculturas trasladadas y recolocadas, funciona bastante bien como recordatorio material del asunto: un edificio construido sobre una certeza que se fue montando por partes.
Para leerlo, la referencia académica sigue siendo el estudio de Henry Chadwick, y los tratados están traducidos al castellano en edición reciente. Para la discusión sobre el concilio del 380, el artículo de Piay y Martínez en Gerión es de acceso abierto.
Al final, lo notable de Prisciliano no es dónde acabaron sus huesos. Es que un hombre ejecutado por brujería en el año 385, cuyos escritos fueron destruidos y cuya versión de los hechos desapareció durante mil quinientos años, siga siendo capaz de abrir una discusión seria sobre el sitio en el que se apoya media Galicia. Los once tratados de Wurzburgo llegaron tarde, pero llegaron.
Referencias
- Piay Augusto, D. y Martínez, J. — ¿Fue condenado Prisciliano en el concilio de Caesaraugusta del año 380? (Gerión, 2024) — revisión de las actas del concilio y argumentación contra la existencia de condenas nominales; discusión sobre el origen geográfico de Prisciliano.
- Carlos Barros — Prisciliano de Gallaecia, hechos y mitos — contexto político de Magno Máximo, acusación por maleficium y concepto de inventio del sepulcro entre los historiadores compostelanos.
- Prisciliano (Wikipedia) — nombres de los ejecutados, protestas de Martín de Tours, Ambrosio y el papa Siricio, traslado de los restos según Sulpicio Severo y publicación del artículo de Duchesne en 1900.
- Priscillian (Wikipedia) — hallazgo de los tratados en 1885 y su publicación en 1889, y caracterización de Sulpicio Severo como fuente principal.
- El Español — El obispo hispano que desafió al Imperio romano — declaraciones de María Victoria Escribano Paño sobre la confesión obtenida y su valor jurídico en el proceso.
- Xacopedia — Prisciliano — recepción de la figura en el galleguismo, lectura de Méndez Ferrín y carácter controvertido de la hipótesis del sepulcro.
- Reportaje «Santiago o Prisciliano» — posición crítica del historiador Francisco Singul y resultado del examen forense de los restos en 1879.
- Cabrera Moreno, J. — El priscilianismo en la provincia romana de Gallaecia (385-561) — pervivencia del movimiento durante casi dos siglos y su circunscripción a la Gallaecia.