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Territorios

Vilalba, entre la torre y la feria

Vilalba concentra en unas pocas calles el Camiño do Norte, la Torre dos Andrade y una vida de feria que conecta la villa con toda Terra Chá.

Iglesia de Santa María - Vilalba

En Vilalba basta una manzana para que tres funciones distintas se den la mano. El Camiño do Norte entra en el casco, la Torre dos Andrade levanta su planta octogonal junto a Santa María y, a pocos pasos, las plazas siguen recibiendo ferias y mercados. La ruta jacobea llega aquí desde Goiriz y convierte la villa en final de etapa dentro de Terra Chá.1 En el núcleo, el itinerario atraviesa Porta da Cima, alcanza la Praza de Santa María y pasa cerca de la torre antes de continuar hacia la salida urbana.2 Una calle cuyo nombre dice entrada, una torre que sobrevivió a su antigua fortaleza y una feria que todavía necesita plaza.

Porta da Cima, el Camino entra en el centro

Porta da Cima no funciona como una pieza monumental aislada, sino como una calle que conserva su papel de acceso. El recorrido local del Camiño do Norte la utiliza para atravesar el casco antiguo y conducir al caminante directamente hacia la Praza de Santa María.2 Es una forma eficaz de entrar en Vilalba: primero la calle, después la plaza, luego la torre.

La plaza pertenece a la parroquia oficialmente denominada Vilalba (Santa María), una de las parroquias del concello recogidas con esa forma en la nomenclatura oficial gallega.3 Allí está la iglesia parroquial y, muy cerca, la Torre dos Andrade. El Camino no bordea estos elementos: los incorpora al recorrido urbano. Esa proximidad vuelve legible el centro. En unos pocos minutos se pasa de una vía de tránsito a una plaza parroquial y de esta al antiguo símbolo señorial. El lugar no obliga a elegir entre movimiento y permanencia; los pone casi puerta con puerta.

Desde Santa María, la rúa do Sol continúa el trazado jacobeo hacia la salida del núcleo y conserva restos visibles de la antigua cerca en el recorrido divulgado por el propio municipio.2 La secuencia tiene una cualidad poco espectacular y por eso resulta útil. No hay una gran escenografía cerrada. Hay calles que siguen sirviendo para pasar, una iglesia que mantiene el centro parroquial y una torre que aparece al lado como una pieza de otro tiempo. Vilalba aparece mejor andando entre ellas que mirándolas por separado.

La Torre dos Andrade, un castillo reducido a una pieza

La Torre dos Andrade tiene la ventaja de no necesitar ayuda para imponerse. Su planta octogonal rompe la geometría habitual del caserío y su volumen sigue siendo la referencia vertical del casco. La Torre dos Andrade de Vilalba figura como Bien de Interés Cultural desde el 17 de octubre de 1994.4 Es el único vestigio visible que recuerda la antigua fortaleza y en la actualidad forma parte del Parador Nacional de Turismo.5

En la torre, la planta octogonal y el jabalí pétreo de la familia Andrade hacen visible esa propiedad sin necesidad de explicaciones añadidas. Son detalles que el edificio conserva hoy y que permiten leer el linaje en la fábrica, no en una placa posterior.5

La pieza que quedó sola

Ese destino hotelero produce una ironía discreta. Una arquitectura pensada para separar, vigilar y resistir terminó dedicada a alojar viajeros. Pero la reutilización no borra del todo la vieja jerarquía. El Condado de Vilalba existió entre 1486 y 1811, durante buena parte de la Edad Moderna.6 La torre queda así entre dos tiempos poco compatibles y, precisamente por eso, el contraste funciona: el de una jurisdicción señorial desaparecida y el de una villa que ha convertido su edificio más enfático en alojamiento.

Hoy, de la antigua fortaleza, la torre es el vestigio que se conserva como volumen reconocible.5 No hace falta reconstruir el conjunto perdido. Ya no existe un recinto fortificado que cierre el espacio alrededor. Lo que se ve es una supervivencia selectiva: la pieza central sin el conjunto que le daba sentido militar. El castillo perdió la capacidad de encerrar espacio, pero su torre conservó la capacidad de señalarlo. Esa diferencia resulta más elocuente que una reconstrucción imaginaria del recinto: el poder dejó de funcionar, la pieza quedó y el centro tuvo que aprender a usarla de otra manera.

También quedó su desproporción. Cerca de una iglesia, de calles comerciales y de plazas civiles, la torre conserva todavía un tamaño que ya no manda sobre el entorno, aunque todavía lo ordena visualmente. No es necesario convertirla en emblema sentimental. Basta con comprobar su posición. El Camino pasa cerca, Santa María está al lado y las ferias se celebran a corta distancia. La antigua arquitectura de dominio ha terminado convertida en referencia para actividades que ya no dependen de ella.

De Santa María a la Constitución, la villa que pone mercado

Si la torre concentra el pasado del poder, las plazas explican mejor la persistencia del intercambio. La Feira do Capón no es una costumbre reciente vestida de tradición. La Feira do Capón figura en anotaciones municipales de 1835 y en un acta de precios de 1840; la notoriedad del producto quedó además ligada a la feria de Vilalba.7 El dato tiene algo de contabilidad doméstica: antes de convertirse en patrimonio gastronómico, el capón aparece en las cuentas con precio, compradores y mercado.

En 1840, un par de capones figuraba valorado en doce reales, una cantidad equiparada entonces al precio de un buen carnero.7 Dice con bastante precisión cuánto significaba el producto dentro de una economía en la que criar, cebar y vender aves podía convertirse en dinero serio. La denominación Vilalba quedó vinculada al papel de la villa como lugar de comercialización de capones procedentes tanto del propio municipio como de otros concellos de Terra Chá.

Una comarca que llega a la plaza

La IGP abarca nueve municipios de Terra Chá y delimita una zona de producción de más de 1.800 kilómetros cuadrados.7 Ese territorio es muchísimo mayor que el escenario donde el nombre se hace visible. La feria actual se celebra en la Praza da Constitución.8 Santa María continúa participando en los usos de feria y mercado del centro.9 La geografía rural llega así a la villa convertida en producto, trato y reputación. El campo ocupa una plaza sin dejar de ser campo.

El vínculo no es únicamente ceremonial. En 2024 el concello contabilizaba 538 explotaciones de ganado bovino y 17.198 reses, cifras que sitúan la actividad ganadera dentro de la economía real del municipio, no en una estampa costumbrista.10 Vilalba funciona como cabecera de un territorio productivo que necesita servicios, comercio y espacios de intercambio. Por eso las ferias no son un decorado añadido al casco histórico. Son una de las formas en que el territorio exterior entra periódicamente en él.

Hay una diferencia importante entre conservar un edificio y conservar una función. La torre puede permanecer inmóvil; un mercado necesita volver. Cuando la Praza da Constitución acoge la Feira do Capón8 o Santa María se incorpora a los días de feria9, el centro no representa su pasado: lo pone a trabajar bajo otras reglas. Se venden otros productos, cambian los formatos y las necesidades urbanas son distintas, pero la plaza continúa siendo una máquina de reunir gente y mercancía. Eso pesa más que cualquier adjetivo sobre la tradición.

La carretera, el Camino y el borde de la villa

Vilalba no termina en las plazas. El crecimiento moderno se apoyó en los ejes viarios que cruzan el núcleo, mientras el centro histórico quedó ligeramente apartado de la principal línea de expansión. La forma urbana está articulada por las carreteras, con el núcleo histórico, la torre y Santa María junto al eje de crecimiento hacia Lugo y Mondoñedo.11 Los edificios de mayor antigüedad se concentran también a lo largo de la traza del Camiño de Santiago por Porta da Cima, Concepción Arenal y Ferrería.11

Un centro pequeño para un territorio grande

El municipio también ayuda a completar esa imagen. Vilalba es la capital del concello y de Terra Chá; el término municipal ocupa 379,36 kilómetros cuadrados y en 2025 sumaba 13.946 habitantes en el conjunto municipal.10 Conviene insistir en el ámbito: son cifras del concello, no del casco urbano. Frente a la brevedad del recorrido entre Porta da Cima, Santa María, la torre y Constitución, aparece un territorio amplio que acude a la villa para concentrar servicios y encuentros.

El Camiño do Norte abre otra distancia. La etapa llega desde Abadín atravesando Terra Chá y entra en Vilalba después de Goiriz; la siguiente continúa hacia Baamonde.1 El peregrino cruza, por unas calles centrales, un lugar cuya función comarcal desborda ampliamente esas calles. Vilalba no queda encerrada en su casco antiguo: por sus calles pasan rutas que llegan de lejos, concentran paso, comercio y servicios, y vuelven después a salir hacia la llanura chairega.

Ahí está su contrapunto. El centro histórico cabe en un paseo corto, pero las funciones que reúne llegan desde lugares distintos: una ruta de larga distancia, una antigua institución condal, un municipio extenso y una feria alimentada por un territorio productivo mucho mayor que la plaza. Vilalba ha aprendido a hacer sitio a todo eso sin convertir su centro en una escenografía solemne.

Al final, la Torre dos Andrade sigue a pocos pasos de Santa María y de las plazas de feria. Ya no guarda una fortaleza; el Camino no necesita sus defensas; el capón tampoco requiere un castillo para conservar su nombre. Quedan, sin embargo, las posiciones. Porta da Cima conduce al centro, la torre marca el perfil y el mercado vuelve a ocupar suelo urbano. En Vilalba, la historia no está alineada en una vitrina: todavía tiene que compartir la plaza.

Referencias