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Historia y patrimonio

El wolframio gallego: cuando una montaña de Valdeorras trabajaba para Berlín

Entre 1939 y 1944, unas veinte mil personas trabajaron en las minas de wolframio gallegas, un mineral imprescindible para blindajes y herramientas de guerra. En Casaio, un consorcio alemán gestionó una explotación con mil trabajadores; en ella y en Fontao trabajaron también cientos de presos. Historia y restos de la Batalla del Wolframio.

Recreación con IA de una mina de wolframio
Recreación con IA de una mina de wolframio

En 1943, en un monte de Casaio a unos 1.200 metros de altitud, vivían y trabajaban alrededor de mil personas. El pueblo que quedaba abajo tenía cuatrocientas o quinientas. Arriba había edificios, vagonetas, maquinaria y una explotación a gran escala montada sobre un terreno que hasta poco antes solo servía para pastos. En la comarca la llamaban la mina de los alemanes, y el nombre era literal: la gestionaba un consorcio de propiedad alemana.

Aquello duró cinco años y luego se apagó de golpe. Hoy quedan en pie una veintena de estructuras, y los arqueólogos que las estudian calculan que pudieron ser el doble o más.

Por qué una piedra gris importaba tanto

El wolframio, o tungsteno, tiene el punto de fusión más alto de todos los metales y una dureza extraordinaria. Aleado con acero produce un material que aguanta temperaturas y esfuerzos a los que el acero corriente cede. En una guerra industrial eso se traduce en dos cosas muy concretas: núcleos perforantes capaces de atravesar blindaje y herramientas de corte para fabricar el resto del armamento. Sin wolframio, una industria de guerra funciona peor y más despacio.

El principal productor mundial era China. Cuando Alemania atacó la Unión Soviética en 1941, la ruta comercial entre Asia y Europa quedó cerrada, y el Reich se encontró con un problema de suministro que solo podía resolver dentro del continente. Los yacimientos europeos de wolframita estaban, sobre todo, en el noroeste peninsular: Galicia y el norte de Portugal.

Los aliados no tenían ese problema, porque disponían de acceso directo a las explotaciones estadounidenses. Su objetivo no era conseguir mineral, sino impedir que lo consiguiera Alemania. De ahí que una de las tácticas fuera comprar a precios desorbitados solo para vaciar el mercado.

La fiebre

El resultado fue una escalada de precios difícil de exagerar. Los estudios académicos hablan de un incremento de más de cien veces; las cifras concretas varían según la fuente, pero todas dibujan la misma curva vertical entre 1937 y mediados de 1944. En 1943 el mineral llegó a ser, por valor, uno de los principales productos de exportación españoles, y el Estado impuso una carga fiscal fuerte sobre esa exportación.

En las minas gallegas llegaron a trabajar oficialmente unas veinte mil personas, y con toda probabilidad bastantes más de manera clandestina. En una Galicia de posguerra, con hambre y cartilla de racionamiento, apareció de pronto un mineral que se pagaba en efectivo y que estaba, literalmente, en el monte. Alrededor de las explotaciones legales creció una red de minas clandestinas y de estraperlo, con el mineral cruzando de noche hacia Portugal o hacia los puertos.

Santa Comba, con la mina de Varilongo, se convirtió en un pueblo de bonanza súbita, con un movimiento comercial que los cronistas locales comparan con las poblaciones de la fiebre del oro. La escritora Carmen Blanco Ramos documentó esa historia en O volframio en Varilongo, que cubre el ciclo entre 1941 y 1963.

Y los puertos entraron en el circuito. En la playa de Balarés, en Ponteceso, se construyó un muelle que todavía se conserva y que sirvió para cargar mineral con destino a barcos alemanes; después de la guerra siguió usándose para contrabando de otras mercancías. Los embarques de mayor volumen salían por Vigo y Vilagarcía.

Quién ganó dinero

Esta es la parte que casi nunca se cuenta, y es la que explica cosas que siguen en pie.

La mina de Valborraz, en Casaio, la había abierto en 1914 una empresa belga y estuvo activa unos quince años. En 1938 los terrenos pasaron a SOFINDUS, un conglomerado de empresas de propiedad alemana con conexiones estrechas con el régimen: el presidente de su consejo de administración era el conde de Argillo, consuegro de Franco. Los alemanes la explotaron hasta 1945. Fue de las pocas gestionadas directamente por ellos, y de ahí el nombre popular.

Para la zona de Carballo y Monte Neme, los alemanes constituyeron en Vigo una sociedad llamada Estudios y Explotaciones Mineras Santa Tecla. En Varilongo, el empresario compostelano José Parga Moure había reunido antes de la bonanza la mayor parte de las concesiones.

Y en San Finx, en Lousame, entró el capital financiero gallego: el Banco Pastor adquirió las minas a través de Industrias Gallegas en 1941, justo antes del despegue. Las crónicas del sector vinculan esa operación con la solvencia que permitió al banco impulsar poco después otras iniciativas industriales y energéticas. Conviene tomar esa cadena causal con la prudencia debida —las fuentes divulgativas la trazan con más seguridad de la que permite la documentación—, pero la compra y su momento están fuera de discusión.

En el plano político, el investigador Joan Maria Thomàs ha señalado el caso del ministro de Industria y Comercio, Demetrio Carceller Segura, que negociaba este comercio y a la vez tenía intereses particulares en el asunto.

Los que no cobraron

No toda la mano de obra estaba allí por el jornal.

La Ley de Redención de Penas por el Trabajo, de 7 de octubre de 1938, permitía reducir condenas a cambio de jornadas trabajadas, y varias compañías completaron su personal con presos de destacamentos penales. En Valborraz funcionó uno entre 1942 y 1944, con un total de 463 penados en los diecinueve meses que estuvo activo. En Fontao, en Vila de Cruces, otro reunió 554 reclusos a lo largo de veinticuatro meses.

Son cifras documentadas por la investigación histórica, y forman parte del mismo relato que los salarios altos y el estraperlo. Cualquier versión de esta historia que se quede solo en la fiebre y los espías está dejando fuera a mil personas.

La Batalla del Wolframio

El final tuvo fecha y tuvo causa.

En la Conferencia de Teherán, entre finales de noviembre y comienzos de diciembre de 1943, Roosevelt, Stalin y Churchill acordaron abrir un nuevo frente en Europa: el desembarco que llegaría en junio siguiente. El cálculo aliado fue que privar a Alemania de importaciones de wolframio con seis meses de antelación se notaría directamente en su capacidad militar cuando llegara el momento.

Así que en enero de 1944, por iniciativa de Estados Unidos, los aliados exigieron a España que dejase de vender wolframio a cualquiera de los contendientes, con la amenaza de cortar el suministro de productos petrolíferos. Franco se resistió hasta finales de abril, y durante ese intervalo el corte de combustible llegó a producirse. La escena que suele contarse —la reunión con el embajador británico en el pazo de Meirás— pertenece a esa secuencia de presión.

El golpe definitivo no fue diplomático. En agosto de 1944, con la liberación de Francia, se cortó la comunicación terrestre entre la península y Alemania, y el suministro se interrumpió sin necesidad de acuerdo. El precio se desplomó, las minas fueron cerrando y la gente volvió a la agricultura. Hubo un repunte durante la guerra de Corea, en los años cincuenta, y después nada.

La guerrilla estaba al lado

Hay un detalle que hace de esta historia algo más que un episodio económico. A pocos kilómetros de la mina alemana de Valborraz funcionó entre 1941 y 1946 la Ciudad de la Selva, el mayor conjunto de campamentos guerrilleros del noroeste peninsular, que llegó a acoger a más de cien personas y que coincidió con la creación de la Federación de Guerrillas de León y Galicia.

En el mismo macizo montañoso, y durante los mismos años, convivieron una explotación gestionada por capital alemán con el aval del régimen y la mayor concentración de guerrilla antifranquista de la zona. La ofensiva de la Guardia Civil de 1946 terminó con lo segundo.

Qué queda y cómo verlo

Valborraz, en Carballeda de Valdeorras, es el conjunto más impresionante y el más frágil. Está en alta montaña, sin acondicionar, y lo estudia desde hace años un equipo de arqueología contemporánea. Las estructuras que siguen en pie están amenazadas sobre todo por los incendios forestales. Es un yacimiento en investigación, no un recurso turístico: se visita mirando y sin tocar, sin retirar materiales del suelo y sin entrar en galerías, que en minas abandonadas es sencillamente peligroso.

Monte Neme, entre Carballo y Malpica, es el más accesible y el que más problemas da. Las balsas de tono turquesa que aparecen en tantas fotografías son residuo de la actividad minera, no lagunas naturales, y su color procede de la alteración de los minerales del entorno. No es un lugar de baño ni de picnic, por mucho que circule como tal.

Quedan además el muelle de Balarés, en Ponteceso; el poblado minero de Fontao, en Vila de Cruces; y las instalaciones de San Finx, en Lousame, y Varilongo, en Santa Comba. Es un patrimonio industrial disperso y en general sin señalizar, del mismo tipo que el cargadero de mineral de Ribadeo: infraestructuras que se entienden solo cuando se sabe qué salía por ellas.

Y una nota de actualidad que conviene comprobar antes de darla por vigente: en los últimos años ha habido proyectos e iniciativas para reabrir explotaciones de wolframio en Galicia, impulsados por la demanda europea de materias primas críticas. El estado de esos trámites cambia con frecuencia.

La mina de los alemanes desmontó una montaña que solo había tenido pastizales y ganado. Ochenta años después, lo que sostiene esas paredes no es el interés de nadie: es que están demasiado arriba para que compense derribarlas.

Referencias