El casco histórico de Santiago: cómo funciona una ciudad construida para llegar a una tumba
La muralla de Santiago se derribó en el siglo XIX y se vendió por trozos: quien compraba levantaba una casa encima, respetando el paso de ronda. Por eso el anillo medieval sigue dibujado en el plano. Cómo se explican el trazado, los soportales, las galerías y el granito, y qué está pasando hoy con los vecinos y el comercio.
La forma del casco histórico de Santiago es la forma de una muralla que ya no existe. Se derribó entre los siglos XVIII y XIX, y el Concello vendió el solar por trozos: cada comprador tiraba su parte y levantaba una casa encima. El resultado es que el trazado sobrevivió convertido en edificios. Todavía hoy, en una vista aérea, se distingue el anillo, porque las viviendas que ocuparon el muro respetaron el paso de ronda interior que corría por dentro. Se puede caminar por encima de una muralla invisible.
Eso resume bastante bien cómo funciona esta ciudad: casi nada de lo que la explica está señalizado.
La muralla y sus siete puertas
La razzia de Almanzor sobre Compostela, en el año 997, convenció al obispo Cresconio de que había que rehacer las defensas. Entre 1037 y 1066 levantó una muralla nueva sobre el segundo anillo defensivo que ya rodeaba el núcleo urbano —el primero protegía solo el locus Sancti Iacobi, el recinto del sepulcro—. Medía unos dos kilómetros de perímetro, cinco metros de altura y dos y medio de grosor, con cuarenta y ocho torres de planta cuadrangular, y encerraba en torno a treinta hectáreas.
Tenía siete puertas, y el Códice Calixtino las enumera. Solo queda una en pie: el arco de Mazarelos, de medio punto peraltado, con los cimientos de su torreón todavía adosados. Por ahí entraba el vino del Ulla y del Ribeiro y el cereal castellano, y ahí se pagaban los impuestos correspondientes antes de vender en el mercado, que estaba nada más cruzar. Junto a la puerta vivió durante siglos el verdugo de la ciudad.
De las otras seis solo sobrevive el nombre, y ese es el detalle útil: Porta do Camiño, Porta Faxeira, Porta da Pena, Porta da Mámoa, Porta da Trinidade, Porta de Sofrades. Quien las va localizando en el callejero está dibujando el perímetro medieval sin necesidad de mapa. La Porta do Camiño era la principal, por donde entraban los peregrinos del Camino Francés; la Faxeira, la salida hacia Padrón, frente a la actual Alameda; la Mámoa quedaba donde hoy está la Rúa das Orfas, y su topónimo apunta a un enterramiento megalítico anterior a todo lo demás.
La muralla dejó de servir para defender pronto: con la artillería, un muro altomedieval como este caía en dos cañonazos. A partir del siglo XVI su función fue fiscal y sanitaria —controlar qué entraba y quién entraba—, y cuando la medicina del XIX hizo innecesario también eso, se vino abajo definitivamente.
Por qué las calles van donde van
El casco no se planificó: se organizó alrededor de un sepulcro. Las rúas principales convergen hacia la catedral, y su función original era canalizar el flujo de gente que entraba por una puerta, iba a la tumba y salía por otra. Es un trazado de peregrinación, no de mercado ni de defensa, y de ahí viene su lógica radial.
Las cuatro rúas mayores —Vilar, Nova, Casas Reais, Preguntoiro— tienen carácter distinto entre sí. Vilar y Nova son las nobles, con palacios urbanos, casas blasonadas y soportales casi continuos. Y luego está la trama menor, mucho más estrecha e irregular, donde aparecen las cosas que nadie busca: la Praciña da Oliveira, la Rúa Xerusalén o el callejón de Sae se Podes, cuyo nombre —«sal si puedes»— describe con precisión su anchura.
La muralla también condicionó lo que se construyó dentro. Con el suelo limitado por el muro, el tejido urbano quedó comprimido: parcelas estrechas y profundas, edificios altos para lo que tocaba en la época, y muy poca separación entre ellos. Esa densidad no es un capricho estético medieval; es lo que ocurre cuando una ciudad no puede crecer a lo ancho.
Los soportales: el invento que resuelve la lluvia
Si hay un elemento que define físicamente Compostela por encima de cualquier monumento, son los soportales corridos de Vilar y Nova.
Su función es doble y las dos partes se explican solas en cuanto uno pasa allí un día de invierno. La primera es climática: en una ciudad donde llueve muchísimo, un soportal continuo permite recorrer las calles principales sin mojarse, y eso en una villa que vivía de la gente que llegaba a pie no era una comodidad, era infraestructura. La segunda es comercial: bajo el arco cabe el género expuesto, cabe el cliente parado mirando y cabe la conversación, todo ello a cubierto y sin ocupar la calzada.
El efecto secundario es social. El soportal crea una franja intermedia entre la casa y la calle que no es del todo pública ni del todo privada, y ahí se instala buena parte de la vida cotidiana del casco. Es el sitio donde la gente se para.
Y las galerías, que hacen lo contrario
Las galerías acristaladas que asoman en las fachadas resuelven el mismo problema por el otro extremo. Donde el soportal protege al que va por la calle, la galería protege al que está dentro: cierra el balcón con vidrio, corta el viento y la lluvia, y sobre todo captura la poca luz que hay, algo decisivo en calles estrechas y orientadas de manera que el sol directo entra pocas horas.
Funcionan como una cámara térmica antes de que existiera el concepto: el vidrio calienta un espacio intermedio que amortigua el frío del interior. Y visualmente rompen la masa de granito, que es lo que hace que unas calles parezcan pesadas y otras no.
El granito, que es el material y también el color
Todo esto está construido en granito, y no por gusto: es la piedra que hay debajo y alrededor, extraída en canteras próximas, y la única disponible en cantidad para construir una ciudad entera.
Tiene consecuencias que se notan al caminar. El granito es poroso, así que con humedad constante se oscurece y se cubre de líquenes y musgo, lo que da a las fachadas ese tono que va del gris claro al casi negro según la orientación y la lluvia reciente. Y es una piedra dura de labrar, lo que explica que la decoración se concentre en portadas, escudos y remates, dejando el resto del paramento liso.
De ahí la uniformidad del conjunto, que es su mayor virtud como paisaje urbano: un casco histórico construido durante ochocientos años con el mismo material tiene coherencia aunque mezcle románico, gótico, renacimiento y barroco. Lo que cambia de un edificio a otro es la forma, no el color.
Quién vive aquí, con los datos delante
Circula la idea de que la zona vieja se está quedando sin vecinos. Conviene revisarla, porque los datos recientes dicen otra cosa.
El ámbito delimitado como ciudad histórica abarca 169,9 hectáreas —el antiguo recinto intramuros más los barrios históricos—, con 2.660 edificios y 6.717 viviendas. Son viviendas pequeñas: más del 56 % no llega a los 70 metros cuadrados. Y según el padrón municipal de febrero de 2025, allí viven 10.708 personas, un 16,5 % más que a comienzos de siglo.
Eso no ocurrió solo. En 1997 se aprobó el Plan Especial de Protección e Rehabilitación da Cidade Histórica, que puso la preservación del uso residencial como criterio central, y desde antes venía trabajando el Consorcio de Santiago, creado tras la declaración de la UNESCO en 1985 y la designación de Santiago como capital de Galicia en 1984. La rehabilitación de vivienda, y no solo de monumentos, fue una decisión deliberada.
El problema actual es otro y está en los bajos. Se han contabilizado más de doscientos locales de orientación turística en la zona vieja, y el planeamiento ha ido reaccionando: prohibición de nuevas tiendas de souvenirs, límites a los productos típicos dentro de los comercios de alimentación, restricciones a establecimientos de juego. El alquiler ha subido más de un 34 % en cinco años y la renta media supera los 800 euros. Y las viviendas de uso turístico llevan años en litigio: el Plan Especial no las permite en el casco histórico, pero su presencia real y la validez de las sucesivas ordenanzas se han discutido ante los tribunales en varias ocasiones.
Resumido: el vaciado residencial se frenó, pero la sustitución comercial sigue. Un barrio puede conservar a sus vecinos y perder al mismo tiempo las tiendas que los hacían vivir allí.
Cómo recorrerlo
El conjunto está declarado desde 1940, ampliado en 1976, e inscrito en la lista del Patrimonio Mundial el 4 de diciembre de 1985.
Tres consejos que se deducen de todo lo anterior.
El primero: llueve, y hay que contar con ello, no lamentarlo. La ciudad está diseñada para eso. Con lluvia, los soportales de Vilar y Nova funcionan exactamente como se pensaron, y el granito mojado gana contraste, así que las portadas se leen mejor. Un día de agua en Compostela es un día bueno si uno sabe por dónde ir.
El segundo: separarse del eje. La franja que va de Praza de Galicia a la catedral concentra a casi todo el mundo. A cincuenta metros a cada lado —Mazarelos, Algalia, Xerusalén, la zona de Belvís— la densidad cae en picado y los edificios son los mismos.
El tercero: mirar arriba y mirar el suelo. Arriba están las galerías, los escudos y las gárgolas; abajo, las losas irregulares que obligan a caminar despacio y que son, en la práctica, el mejor regulador de ritmo que tiene la ciudad.
Y para lo concreto, cada pieza tiene su historia aparte: la Praza das Praterías, con la única fachada románica de la catedral, y la Praza de Fonseca, donde acabó asentándose la universidad. Quien llega a pie por el Camino entra, además, por la puerta que le corresponde desde hace mil años, aunque de la puerta ya no quede nada.
Referencias
- Turismo de Galicia — Arco de Mazarelos — reconstrucción defensiva del obispo Cresconio, anillos defensivos y relación de las siete puertas.
- Muralla de Santiago de Compostela (Wikipedia) — enumeración de las puertas en el Códice Calixtino, aperturas posteriores y efecto de la muralla sobre el tejido urbano.
- El Correo Gallego — Las olvidadas murallas medievales — declaraciones del catedrático Miguel Taín Guzmán sobre la venta del solar de la muralla, el paso de ronda y la función fiscal de Mazarelos.
- Instituto Galego da Vivenda e Solo — Casco Histórico de Santiago — superficie del ámbito, número de edificios y viviendas, y tamaño medio de las viviendas.
- Consorcio de Santiago — Recuperación urbana — origen del proyecto tras la declaración de 1985 y la capitalidad de 1984, y orientación residencial de la rehabilitación.
- Quincemil — La zona vieja gana población pero pierde comercio local — padrón de febrero de 2025, evolución desde comienzos de siglo, restricciones comerciales del Plan Especial y evolución del alquiler.
- UNESCO — Plan Especial de Protección de la Ciudad Histórica — presión turística, gentrificación y objetivos del plan de rehabilitación.
- Turismo de Galicia — Centro histórico de Santiago — declaración de conjunto histórico en 1940, ampliación de 1976 e inscripción en la lista de la UNESCO en diciembre de 1985.