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Historia y patrimonio

Praza da Quintana: la mitad de abajo fue el cementerio de la ciudad

La explanada inferior de la Quintana fue el cementerio de Santiago hasta 1780, y de ahí vienen los nombres de sus dos niveles. Enfrente, un muro con cuarenta y ocho ventanas esconde el monasterio que Alfonso II fundó para custodiar el sepulcro. Y de noche aparece una sombra que tiene leyenda y explicación.

Praza da quintana - Santiago de Compostela

La gente come el bocadillo sentada en la escalinata, los músicos tocan en el rellano y los peregrinos se hacen fotos en la explanada de abajo. Esa explanada fue el cementerio principal de Santiago hasta 1780. Bajo el granito han aparecido tumbas romanas y altomedievales durante las excavaciones de la catedral y su entorno.

Los nombres lo dicen sin rodeos y casi nadie repara en ello: la parte baja es la Quintana de Mortos y la parte alta, la Quintana de Vivos.

Un nombre que se repite a sí mismo

Decir «plaza de la Quintana» es una redundancia, y lo señala hasta la propia oficina de turismo municipal. Quintana ya significa espacio público abierto —el término procede del latín, donde designaba la vía de un campamento romano en la que se instalaba el mercado—, de modo que la fórmula completa viene a decir plaza de la plaza.

El espacio actual se organizó hacia 1611, cuando se decidió convertir el viejo camposanto medieval en plaza pública. El traslado definitivo de los enterramientos llegó en 1780, por falta de espacio y por razones sanitarias: primero al convento de San Domingos de Bonaval y más tarde al cementerio de Boisaca, que sigue siendo el de la ciudad.

La escalinata que separa los dos niveles ocupa todo el ancho de la plaza y es su elemento más característico. Funciona como grada, como paso y como frontera entre dos nombres.

Una fachada para ordenar lo que había detrás

Lo que se ve desde aquí es la cabecera de la catedral, y el problema que tuvo que resolver el arquitecto era estético: una cabecera medieval con capillas y volúmenes irregulares, difícil de mirar como conjunto.

La solución llegó en 1658. José de la Peña de Toro, por encargo del canónigo fabriquero José Vega y Verdugo —el promotor de la renovación barroca del templo—, levantó una fachada que unifica todo ese frente con un lienzo de piedra regular. Tiene tres puertas: dos abren a la Quintana de Mortos y una, la Puerta Real, a la Quintana de Vivos, y por ella accedían los miembros de la realeza.

Es la misma operación que se repetiría ochenta años después en el Obradoiro: envolver lo medieval en un frente barroco sin derribarlo.

La Porta Santa

La puerta que concentra las colas es la Santa, también llamada del Perdón. Solo se abre en los Años Santos Jacobeos, que son aquellos en los que el 25 de julio cae en domingo; el próximo es 2027. Quienes la cruzan pueden obtener la indulgencia plenaria tras confesar y comulgar.

Su marco tiene un detalle que interesa aunque uno no venga por lo religioso: está flanqueada por veinticuatro figuras de piedra procedentes del coro pétreo que el maestro Mateo levantó en el siglo XII y que se desmontó siglos después. Las piezas de aquel coro acabaron repartidas por el edificio, y algunas están también en la fachada de Praterías. Quien mire con atención las dos puertas verá esculturas hermanas separadas por una esquina de catedral.

El muro de las cuarenta y ocho ventanas

El lado este lo cierra un paredón largo y austero con cuarenta y ocho ventanas enrejadas: el monasterio de San Paio de Antealtares.

Su origen es el principio de todo. Alfonso II lo fundó en el siglo IX precisamente para custodiar el sepulcro recién identificado, y su nombre lo dice: Antealtares, ante los altares. Doce monjes benedictinos se ocupaban del culto. En el siglo XI esa función pasó al cabildo catedralicio, y en 1499 los monjes dejaron el edificio y entraron benedictinas de clausura, que siguen habitándolo. Fue el monasterio femenino más importante de Galicia y en él profesaron mujeres de la alta nobleza.

Dentro está el Museo de Arte Sacra, y en él la pieza más antigua vinculada al culto: el ara de Antealtares, considerada el primer altar levantado sobre el sepulcro. Es, materialmente, el objeto más cercano al origen de la ciudad.

Dos cosas que hacen la visita distinta. La comunidad canta vísperas a diario en la iglesia, a última hora de la tarde, y se puede entrar a escucharlas; conviene confirmar el horario, que varía entre días laborables y fines de semana. Y las monjas venden dulces por el torno, en la calle de San Paio, al otro lado del edificio: se habla al torno, se gira, y aparece la caja.

En el muro hay además una placa que recuerda al Batallón Literario, la unidad formada por estudiantes compostelanos durante la guerra contra Napoleón. De ahí que la plaza se conozca también como la de los literarios.

Las dos casas

Al sur, en la Quintana de Mortos, está la Casa da Conga o de los Canónigos: cuatro viviendas unidas por un soportal, proyectadas por Domingo de Andrade a comienzos del siglo XVIII y rematadas por Fernando de Casas Novoa. Bajo esa logia están hoy las terrazas.

Enfrente, arriba, la Casa da Parra, también de Andrade, levantada en 1683 para el cabildo. Debe su nombre a la decoración de su puerta principal: una parra de piedra con racimos y pámpanos, tallada con un realismo que merece un minuto. La remata una de las chimeneas más grandes de la ciudad, que en la época era una manera bastante literal de exhibir posición.

Y sobre todo el conjunto se levanta el único elemento vertical de la plaza, la torre del Reloj, conocida como la Berenguela.

La sombra del peregrino

Al caer la noche, con el alumbrado encendido, en el ángulo de la fachada cercano a la Puerta Real se dibuja una silueta alargada que mucha gente identifica con un peregrino de perfil, con bordón y sombrero.

Circulan varias explicaciones populares. La más repetida cuenta que un clérigo de la catedral y una monja de San Paio mantenían un romance a través de un pasadizo bajo la escalinata, que él la citó una noche disfrazado de peregrino para huir juntos y que ella no apareció. Otras versiones la atribuyen al alma de alguien enterrado en el antiguo camposanto o a un ajusticiado.

Conviene tomarlo por lo que es. Se trata de una leyenda urbana sin base documental, y lo que la produce es la iluminación artificial de la plaza proyectando sobre el muro las sombras de los relieves y molduras de la esquina. Lo cual, dicho sea de paso, no le quita nada: es un fenómeno real, verificable cualquier noche, y una de las pocas leyendas que se pueden comprobar en el sitio.

Cómo verla

Es la plaza que los compostelanos usan más como propia, y también la que mejor aguanta el paso de la gente, porque tiene sitio donde sentarse.

La hora buena es el atardecer y el rato inmediatamente posterior. La fachada mira al este, así que recibe luz de frente por la mañana temprano y queda en sombra a media tarde, momento en que el granito toma un tono uniforme y la torre del Reloj se recorta sobre el cielo. Después, con las farolas encendidas, aparece la sombra.

Si la visita cae en Año Santo, conviene contar con colas largas en la Puerta Santa que ocupan buena parte de la explanada inferior. El resto del tiempo la puerta permanece cerrada y la plaza está tranquila.

Y una recomendación fácil de cumplir: subir la escalinata despacio y girarse arriba. Desde el rellano superior se ve la plaza entera, con el cementerio que ya no está debajo y las cuarenta y ocho ventanas enfrente, detrás de las cuales vive gente que no sale desde hace cinco siglos.

Referencias